CANCIONES DE SIRENAS Y PIRATAS (III)

martes, 30 de enero de 2018


Los días siguientes volví al arrecife para encontrar a Hereida. Se había convertido en una obsesión para mí. Solo pensaba en ella. Cada vez que hablaba me sentía volar. Y así fue como nuestra historia comenzó. A veces me cantaba con infinita delicadeza mientras yo acariciaba su brillante y sedoso pelo color carmín. Otras, jugábamos en el agua y después nos tumbábamos en la arena, exhaustos, en silencio. Todo aquello en secreto.


El rey del mar jamás permitiría una relación entre una sirena y un humano. Y mis hombres intentarían darle caza para después venderla a buen precio. Así que nos veíamos a escondidas. Y aunque estábamos enamorados, sabíamos que aquello estaba mal y que llegaría su fin.

“Vivamos el momento” nos repetíamos una y otra vez. Pero cada día se me hacía más difícil separarme de ella. ¿Qué podríamos hacer? ¿Huir? La encontrarían. ¿Separarnos? No podría soportarlo. Escudriñaba mi mente buscando una solución, pero no la encontraba. Se me ocurrió rogarle al rey del mar que me convirtiese en uno de ellos, pero Hereida me dijo que ella se había enamorado de mí por cómo era y no quería que cambiase por ella. Se me acababan las opciones…

Una noche, estábamos juntos en la orilla de la playa cuando escuchamos un ruido. Alarmada, ella se sumergió en el agua mientras yo empuñaba mi daga y me acercaba al lugar de donde provenía el sonido. Parecían susurros tras unos matorrales de aquella playa silvestre. Y, entonces, vi a mi oficial y a seis de mis hombres escondidos unos encima de otros tras las hojas de aquella maleza. Se sorprendieron al verse descubiertos y Pete, uno de ellos confesó.

-Mi capitán, estábamos muy preocupados con su conducta de estos últimos meses así que decidimos seguirle.
-¿Qué habéis visto? – pregunté. Comenzaron a mirarse unos a otros. - ¿QUÉ HABÉIS VISTO? – grité.
-¿Sirenas?  - respondió.

Nos habían descubierto. Mi cabeza comenzó a dar vueltas. Miré hacia el agua donde unos ojos añiles observaban inquietos. La situación se nos había ido de las manos. Y les odié durante unas milésimas de segundo por haber osado seguirme…

-Mi capitán… - dijo con voz menuda mi oficial. - ¿Podemos verla? – Yo vacilé.
-Le juramos no hacerla daño. Tiene nuestra palabra.
Vi en sus ojos cariño y sinceridad, por lo que todos nos acercamos hasta donde Hereida estaba, con sumo cuidado.
-Hereida, puedes salir. – ella tenía los ojos fija en mis hombres. A simple vista no parecía mostrar ninguna emoción, pero yo había aprendido a leer su mirada, y sabía que estaba muy asustada. – Confía en mí…


Ella nadó despacio hasta la orilla y se ayudó de los brazos y manos para sentarse con una habilidad increíble. Se veía espléndida con la luz de la luna besando su figura, detalle que sin duda mi tripulación pudo contemplar. Y ahí estaba, expuesta, vulnerable…



1 comentario:

  1. SARA, POR DIOS, NO LO DEJES ASÍ.
    ¡Sube pronto la siguiente parte!
    Un besazo, guapísima :D

    ResponderEliminar