RELATO: EN CADENA

viernes, 6 de enero de 2017


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Nick caminaba a trompicones por las ruidosas calles de la ciudad. Intentaba esquivar a la gente que, como él, acudía veloz a su lugar de destino. Los amplios ventanales de los kilométricos rascacielos eran testigos de aquel movimiento en pleno centro metropolitano. Se escuchaba el claxon de los coches, conversaciones a media voz, tacones sobre el asfalto y el llanto lejano de algún niño.

En medio de aquel caos, Nick iba pensando en la próxima reunión que tendría lugar en su empresa. Últimamente hacían muchas asambleas, a cada cual más importante, pues había muchas cosas que decidir, mucho que mejorar y eran necesarias ideas novedosas que pudiesen cambiar el rumbo que había llevado hasta entonces la compañía. Nick estaba seguro de que encontraría alguna solución, que él podía ofrecer más que un simple capuchino con mucha espuma y canela al alto cargo. 

Un café. Es irónico que estuviese pensando en unas semillas tostadas y amargas justo antes de morir ¿cierto? A decir verdad, más que irónico se podría calificar de estúpido, incluso triste. Ni siquiera aquel café sería suyo. Ni siquiera sería un detalle hacia un ser querido. Simplemente era una orden de un superior. Irónico, estúpido, triste… trágico. Sin embargo, aún no había llegado su momento.

Nick tomó la decisión de cruzar por el medio de la carretera y tomar un atajo para llegar antes al trabajo. El conductor del vehículo que casi termina con su vida también estaba pensando en minucias. Estuvo a unos centímetros de ser arrollado por un seat Ibiza negro. Pero en el último momento, alguien le agarró por la espalda y le hizo retroceder.

Durante unos segundos la mente de Nick se nubló, se quedó en blanco. Aturdido boca arriba en la acera respiró entrecortadamente hasta que su cuerpo volvió a tomar el control de la situación. Miró aún asustado hacia ambos lados, buscando a la persona que le había salvado de ser atropellado. No pudo divisar a aquel hombre entrado en años que, tras meter sus manos en los bolsillos de su gabardina, se perdió entre el gentío sin necesitar unas palabras de gratitud.

A partir de aquel momento de desconcierto, Nick comenzó a escuchar sonidos rítmicos muy extraños. Un par de personas se acercaron a ayudarle a levantar y el ruido se hizo más elevado. Tardó unos momentos en comprender que aquello no lo estaba escuchando nadie más. Que ese compás solo se encontraba en su cabeza.

Comenzó de nuevo a caminar, mirando de lado a lado, siendo consciente de que aquella cadencia cambiaba al cruzarse con distintas personas. Se acercó a una joven que paseaba en su bicicleta, la paró y escrutó su cara, su cuerpo, escuchando unos golpes muy dinámicos. Ésta, asustada por el comportamiento de aquel extraño, salió corriendo.

Al darse la vuelta, chocó con un señor de pelo cano y aspecto rudo. Escuchó una queja por su parte y aquel martilleo en su cabeza se hizo más fuerte. Se acercó entonces a una anciana, y el ritmo de la orquesta de su cabeza disminuyó en demasía.

De este modo, durante cerca de media hora, Nick se dedicó a explorar a los hombres, mujeres y niños que se cruzaba por el camino. Les paraba de repente con una fuerza que no podía controlar en aquellos momentos de incertidumbre. Le devolvieron miradas recelosas, términos malsonantes y algún que otro empujón.

Cansado del desconocimiento, se sentó en un banco y contempló las escenas que pasaban en frente de sus ojos. Entonces, una ambulancia se paró en frente de un edificio y vio una camilla que portaba el cuerpo de una anciana introduciéndose en aquella furgoneta. Apenas percibía un sonido proveniente de ella. La mujer pestañeó con las pocas fuerzas que le quedaban y tres leves golpes inaudibles se perdieron en la cabeza de Nick. PUM. PUM. PUM. Y… silencio. La anciana cerró los ojos. Había fallecido.

Entonces comprendió cuál era el significado de esos sonidos.

De un salto se levantó de aquel banco y corrió a escuchar los corazones de las personas que caminaban por las calles. Esta vez no le importó que le tomasen por un loco. Esta vez no hizo caso a los codazos, insultos o miradas intransigentes.

Algunos golpeaban con fuerza, otros con debilidad, pero el bullicio nunca se detenía. Hasta que percibió un sonido que se iba debilitando poco a poco, lo descubrió y actuó.

Una mujer caminaba bajo la escalera de un camión de mudanzas. Un grito de los trabajadores. Un mueble que se hacía pedazos en el suelo. Un corro de gente alarmada y… unos latidos que cobraban vida de nuevo.

Aquella señorita, tirada en el suelo con los ojos como platos se quedó paralizada ante aquel accidente. Lo último que notó fue un fuerte empujón de quien la había salvado, pero Nick desapareció con una sonrisa en los labios entre las personas que se acercaban a socorrerla.

Y Laura, que así se llamaba aquella mujer, comenzó a escuchar los latidos de cientos de corazones.

1 comentario:

  1. Me ha encantado! No sé qué más decirte pues solo pienso en lo cuidado que ha estado todo y en lo que muestra el relato. En serio, genial :)
    ¡Un besín!

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