RELATO "BÁJAME LA LUNA" EN EL NUEVO NÚMERO DE LA REVISTA ATTICUS

lunes, 16 de abril de 2018

¡Hola a todos!

Hoy os dejo el relato con el que he colaborado en el nuevo número de la revista Atticus.  Os invito nuevamente a leerla si tenéis oportunidad, es una maravilla. Y doblemente agradecida por la preciosa ilustración que Carolina Rosano ha hecho para el relato. 
Espero que os guste :)



***


Como cada noche antes de acostarse Edith miraba al cielo y contaba las estrellas una a una y, con una sonrisa rebosante de ilusión, esperaba a que su padre la visitase observando la luna. Aquel ritual se había convertido en una costumbre para ellos.


Cuando Edith tenía 6 años vio por primera vez de manera consciente la luna llena. Era como un enorme globo blanco azulado que iluminaba la Tierra y aquello atesoraba tal poder que la ambición comenzó a apoderarse del corazón de la pequeña. En aquel anochecer llamó a su padre y le pidió que le bajara la luna.

-¡Papá, papá! ¿Has visto la luna?
-Claro, cariño. La veo todas las noches desde la ventana.
-Es hermosa, ¿verdad?
-No más que tú, mi pequeña -le dijo mientras le acariciaba dulcemente la mejilla.
-Quiero que me bajes la luna, papá -dijo la niña.
-¿La luna? Pero, cariño… No puedo bajarte la luna…
-¡He dicho que me bajes la luna! -Gritó Edith.
-Princesita, la luna debe estar en el cielo para poder iluminarnos a todos…
-¡Quiero la luna papá! ¡La quiero y tú me la vas a bajar! ¡Bájame la luna! -La niña gritaba cada vez más enfurecida y, finalmente, su padre accedió. ¿Cómo iba a decirle que no a su niñita? Y, ¿cómo podría soportar que se enfadara tanto con él?
-Está bien, Edith. Haremos una cosa, te la bajaré pero solo durante cinco minutos, así tanto tú como el resto podréis distrutarla.
-Quince minutos -replicó ella.
-Diez, y ni para ti ni para mí -le dijo con una sonrisa y, finalmente, la pequeña cedió.

En aquella ocasión su padre le bajó la luna, e hizo lo mismo siempre que había luna llena. El resto de noches en que no estaba completa, Edith ni siquiera la miraba. Ella sabía que merecía siempre lo mejor, tal y como le repetía una y otra vez su padre. Por ello no se conformaría nunca con menos. Ella era una princesa, si bien no a ojos de la humanidad, sí a los de él y con eso valía… O eso creía ella…

***

Diez años después, una noche de luna llena una terrible enfermedad se llevó al padre de Edith y su helado corazón se resquebrajó.

Mil gracias por esta maravilla
La joven miró al cielo y vio su posesión. Salió de su casa y comenzó a exigir a toda persona con quien se cruzaba que le bajase la luna. Naturalmente, nadie se sometió a sus imposiciones y la ira comenzó a devorarla.

Llegó a un parque y observó cómo una muchacha se subía a un gran globo y ascendía hasta tumbarse en la luna, en su luna.

-¿Qué está haciendo esa ahí arriba? ¿Quién le ha regalado ese globo? -preguntó Edith, consternada.
-Todas las noches sube a visitar a su amiga la Luna y le canta preciosas nanas para agradecerle la luz que nos brinda cuando el Sol cae -le explicó un chico. -Nosotros venimos a ver este maravilloso espectáculo y apoyar su labor. Y nadie le ha regalado ese globo, estuvo trabajando en él sus treinta noches con sus treinta días cuando cayó de la escalera. Y antes de la escalera construyó una montaña, pero la lluvia se la llevó. Nunca ha dejado de luchar. ¿Nunca habías oído hablar de Sherezade? -preguntó el joven extrañado.
-¿Sherezade? -Preguntó condescendiente. -Así se llama, ¿eh? Pues no, nunca había oído hablar de ella.
-¿En serio? ¿Acaso eres nueva en la ciudad? -preguntó curioso.
-No. Simplemente no conocía sus… hazañas -contestó irónicamente.
-¿Cómo te llamas? -preguntó él.
-Edith -contestó secamente. -Mi nombre significa “riqueza”, ¿sabes? -añadió orgullosa. -¿Qué significa Sherezade?
-Significa “nacida libre”.
-Qué estupidez… -dijo y aquel joven, cansado de su soberbia, se alejó de ella y se unió a los aplausos del resto de espectadores, pues la amiga de la Luna había comenzado a descender en su precioso globo. No había puesto un pie en la tierra cuando Edith se dirigió a ella.
-Súbeme a la luna -le exigió.
-¿Perdón? -preguntó Sherezade. Su pelo negro cual carbón caía alegremente por sus hombros, sus mejillas sonrosadas hacían juego con sus labios pero, lo que más atormentó a Edith fue su mirada. Aquellos ojos azabaches transmitían algo desconocido. Calor, confianza, pasión. Aquella muchacha estaba completamente satisfecha consigo misma. Aunque Edith seguía siendo la más hermosa… ¿verdad?
-He dicho que me subas a la luna -dijo Edith, cruzándose de brazos, mirándola por encima del hombro e intentando parecer tranquila, aunque nunca había sentido tantos nervios por nadie.
-¿Quién te crees que eres para exigir tal cosa? -preguntó molesta una chica.
-Soy Edith Santana, y os ordeno que me subáis a la luna.
-Serás la niñita consentida en tu casa, pero este es el mundo real y aquí nadie sirve a nadie -se escuchó entre el gentío, y le siguieron muchos más.
-Está bien, amigos -declaró Sherezade. -Tranquilizaos -y dirigiéndose a Edith añadió: Puedes subir a mi globo, si quieres. Pero deberías pedirlo por favor, ¿no crees?
En aquel momento se hizo un silencio sepulcral y Edith vio aquel atrevimiento como un gran ataque. Sin embargo, no se dejó amedrentar e hizo lo que siempre había hecho: mentir para conseguir sus propósitos.
-Por favor -dijo sin sentir un ápice aquellas palabras.

Sherezade la dejó subir al globo y le dio varias indicaciones que debía seguir para llegar a la luna, a las cuales ella hizo caso omiso. El malestar general era palpable. Todo el mundo miraba con rabia a Edith, pues nadie era más que nadie.

Edith ascendió con una sonrisa de suficiencia y cuando llegó a la Luna, se sentó en ella y simplemente se quedó observando a ese puñado de estúpidos, triunfal. Jamás la habían tratado de ese modo, y todos ellos se merecían un gran escarmiento. Nadie subiría a la Luna nunca. Nadie menos ella. Así que cogió una de sus horquillas y pinchó aquel globo, el cual cayó lentamente, acunado por el viento, ante la mirada dolida de aquellas hormigas a sus pies.

-Disculpa… -escuchó, y ella se asustó.
-¿Qu… quién está ahí? ¿Cómo osas subir a la Luna cuando estoy yo?
-Disculpa, pero soy yo quien te está hablando.
-E… e… eres ¿la Luna?
-Sí, soy yo.
-Vaya, jamás me habías hablado… -se sorprendió la joven.
-Jamás me has escuchado.
-¿Cómo? -preguntó Edith, sorprendida.
-Siempre te supliqué que me llevaras de vuelta al cielo, aunque jamás me hiciste caso. Estabas demasiado ocupada pensando en ti. Esta es mi casa y si no te importa no me gusta que estés aquí.
-¿Qué? ¿Después de todo lo que he hecho por ti?
-¿Qué has hecho por mí, además de tomarme a la fuerza siempre y cuando estuviera completa?
-¿Por qué a esa estúpida de Sherezade sí que la dejas venir y a mí no?
-Sherezade siempre me ha pedido permiso, aunque después de tantos años visitándome cada noche no lo haya necesitado. Me ha demostrado ser una gran amiga, alguien que me valora y me agradece y quien se ha esforzado por seguir a mi lado. Todo lo contrario que tú. Siempre te ha alimentado el poder y la ambición. Tu padre hizo mal en consentirte tanto porque nadie más va a bajarte la Luna. Has vivido siempre en tu castillo de cristal, despreciando todo y no valorando nada. Sin escuchar y exigiendo ser escuchada. Con la pérdida de tu padre tendrás que comenzar a vivir por ti misma y, créeme, va a ser un duro trabajo, pues la vida real no es aquella que te han pintado.

Aquellas palabras calaron a Edith. Pensó en cómo nadie había accedido a sus peticiones y reconoció las miradas de desprecio. Recordó su vida antes de la muerte de su padre, dorada aunque vacía. Buscó en sí misma las fuerzas para enfrentarse a ese gran cambio, pero no las encontró. Todo lo que había tenido había sido regalado. No tenía absolutamente nada propiamente suyo. Comprendió que nadie más volvería a bajarle la Luna y que comenzaba un camino que tendría que caminar sola, pero ¿cómo? Ahora “nacida libre” tenía un significado. Ella había nacido rica y pobre al mismo tiempo. Le gustaría poder ser libre y autosuficiente y la frustración escondida en su corazón todo ese tiempo se liberó hasta dominarla por completo. Jamás podría ser como Sherezade, una mujer guerrera que luchaba cual valkiria por aquello que quería y nunca le sería dado.

Su mundo se desvaneció. Se sintió completamente sola y sin la fuerza necesaria para cambiar. Su vida había sido una auténtica mentira. Aquellas personas tenían razón. Así que con lágrimas acariciándole el rostro y ante las miradas de terror y sorpresa, dio un paso y después otro... y al dejarse caer su cuerpo y su alma ya no le pesaron tanto. Era triste que lo último que le acariciara hubiesen sido sus propias lágrimas. Se convirtió en algo liviano, puro, en brisa fresca y pensó que ese no podría ser su final. Así que continuó su camino en la Tierra acariciando las olas del mar, las hojas de los árboles, el pelaje de los animales y las mejillas de hombres, mujeres y niños. Incluso ayudaba a acunar el globo, ahora más grande, que de nuevo construyó Sherezade y en el que cabían muchos más que quisieran visitar a la Luna.

Edith ahora servía a Eolo y quién sabe si, quizás, dentro de algunos eones, alguien también quisiera subir a ella y hacerle compañía, sin exigencias ni pretensiones. Quizás alguien la perdonaría y volviese a ver el calor en una mirada. Quizás, y solo quizás, alguien quisiera subir al viento en vez de subir a la Luna. Aunque para ser acariciada, antes debía acariciar. Y para ser amada, antes debería amar.



3 comentarios:

  1. Ay, Sara, qué bonito.
    Es un relato precioso, ¡felicidades! Mereces que te publiquen,
    Un beso enorme.

    ResponderEliminar
  2. Muy bonito y original! Felicidades Sara ;)

    Besitos

    ResponderEliminar