ESCUCHA Y DEJA ENTRAR

domingo, 10 de abril de 2016




En algún momento de nuestra vida nos enfrentamos a una encrucijada y sentimos confusión, miedo. Nos encontramos en medio del caos, sin mapas ni brújulas que nos ayuden a salir de ese agujero. Llegados a este punto, hay dos clases de personas: aquellas que pierden el rumbo y aquellas que se amoldan a las nuevas circunstancias, como el junco de aquella historia movido por el viento. A veces tan solo se necesita que alguien te de una segunda oportunidad para volver a ser quien fuiste o quien un día quisiste ser.

Una mañana cualquiera salí de casa, acelerado para llegar a tiempo a mi trabajo. Aunque soy “el jefe” siempre intento llegar puntual. La puntualidad en mi trabajo es fundamental. Hace ocho años me gradué en la Universidad de periodismo y un año más tarde ya había creado mi propio periódico digital. Compré un amplio local que transformé en una maravillosa oficina y comencé a contratar a trabajadores altamente cualificados que escribían como locos. El periódico consiguió ser, en cuestión de meses, uno de los más leídos del país.  Mi sueño se hacía realidad, gracias a mis padres, que financiaron todo el proyecto. Logré muchas cosas y cada mañana me miraba al espejo, orgulloso de mi éxito… Sin embargo, esa altísima autoestima se desvaneció hace un tiempo, el día que comprendí que no había logrado nada por mí mismo, yo solo, sin ninguna ayuda. Ni siquiera había sido capaz de escribir ni un solo artículo, ni una pequeña columna. Tan solo dirigía el cotarro y puedo asegurar que es la peor sensación que he tenido nunca.

Aquella mañana, como de costumbre, salí de mi dúplex, me monté en mi BMW y en diez minutos había llegado a la oficina. Aparqué despreocupado y me dirigí hacia la puerta sin percatarme de que había un indigente ahí sentado. Entré sin advertir la presencia de otra persona. Y eso ocurrió durante tres días consecutivos. El cuarto, comencé a recibir quejas de mis trabajadores, pero no le di importancia. El quinto, una de las periodistas vino a mi despacho, ofendida por ese hombre. En ese momento decidí enviar a Pablo, un cuatro por cuatro, a poner orden y echar a ese señor. Sin embargo, no dio resultado. El indigente no atendía a razones y se negó rotundamente a abandonar su nueva zona de residencia. Al día siguiente, Pablo lo volvió a intentar, esta vez abandonando la amabilidad y la sutileza y, para mi sorpresa, ese hombre se negó a hablar con nadie que no fuese el director de ese emplazamiento, es decir, yo.

Tras mucho pensar, volví a ordenar a Pablo que saliese y le hiciese pasar a mi despacho. Pero el mendigo rehusó de nuevo indicando que era yo quien debía salir a hablar con él. Ese desconocido ya estaba empezando a irritarme. Así, en un estado de crispación impropio en mí, decidí jugar a su juego y salir a hablar con él. Él estaba sentado encima de unos cartones con una gabardina antiquísima de aspecto nauseabundo llena de esparadrapos que intentaban cumplir la función de una aguja y un hilo de coser. En los pies llevaba unas zapatillas andrajosas de andar por casa. Una de ellas tenía la suela rota, llena de agujeros. Vestía unos pantalones de pana de color marrón, también en mal estado. Estaba bastante delgado y descuidado y lucía un semblante cansado. Era un hombre bien entrado en años, con el pelo canoso, el cual hacía juego con su larga barba. Su tez se había abandonado al paso de los años, adornada por un sinfín de arrugas. Sus longevas manos sujetaban un violín, a mi parecer, también bastante anticuado. Igual era tan solo mi impresión, pero parecía acunarlo. Unos segundos más tarde, reparé en que aquel hombre me estaba mirando y justo en el instante en el que se cruzaron nuestras miradas sentí un escalofrío. Jamás había experimentado algo así. Sus ojos tenían una profundidad infinita. Bien es cierto que era la persona más mugrienta con la que iba a tratar, al parecer, en toda mi vida. Sin embargo, sentí algo nuevo. Una posibilidad. Un resquicio de esperanza. Algo difícil de explicar con palabras. Y fue ese preciso momento en el que mi vida cambió por completo.

- Por su aspecto imagino que usted debe de ser el director – dijo el individuo. 

Su voz era tenue y penetrante. Me quedé en blanco por primera vez en mi vida. Y ahí  estaba yo, como un auténtico pasmarote, incapaz de articular palabra. 
- ¿Se encuentra bien? – Silencio - ¿Nunca ha visto un mendigo?
̶  Disculpe…
̶  Al parecer soy una molestia en todas partes, y es lo último que deseo. Así que no les incomodaré más y me iré si es lo que quiere…

De nuevo, me quedé atónito.

- Disculpe, pero ¿para eso me hace llamar a mí?
- Sí muchacho, es usted el que debe decírmelo y no aquél sabueso que tiene como escolta.
-¿Decirle el qué?
- Pues que le molesto y quiere que abandone su calle y me instale en otra en la que no incordie.

Estaba totalmente confundido. ¿Por qué me decía esas cosas? Yo seguía aturdido, hipnotizado por esos ojos grises y no podía pensar con claridad. Pero sentí una curiosidad desmedida y las palabras salieron de mi boca a velocidad de la luz.

-¿Podría sentarme aquí con usted?

¿Qué? ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué me estaba pasando? El mendicante asintió con la cabeza, sin mostrar ninguna sola emoción en su rostro. Y, de repente, me vi sentado en el suelo, al lado de ese desconocido, mirando al frente y sin saber qué decir. Así que nos quedamos en silencio unos minutos, o segundos… Perdí completamente la noción del tiempo. Finalmente, él habló.

-  Se parece mucho a mi hijo, ¿sabe?
- ¿Usted tiene hijos?
-  Si, uno. Ahora deberá tener unos veintiocho años – dijo con un tono nostálgico.
- ¿Puedo preguntar por qué no le ayuda? Si no es indiscreción, claro.
- ¿Ayudarme? ¿Qué le hace pensar que necesito ayuda?
- Hombre… Pues…
- Sé lo que piensas, chico, pero tengo todo lo que necesito. Quizás no te parezca una vida digna, pero a pesar de todo, mi dignidad está intacta. Soy un hombre honrado y, ahora mismo, no creo que muchos puedan afirmar tal cosa. He cometido errores que me han hecho llegar a esta situación, pero créeme, muchos cometen errores muchísimo más graves que los míos. Aunque hayan hecho que mi hijo se alejase de mí… Es lo único que echo de menos. Ni el dinero, ni los lujos, ni nada de eso… Al final lo único que de verdad deseas es amor y cariño.
- ¿Puedo preguntarle qué le pasó? – Pude ver por primera vez una emoción en su cara. ¿Sorpresa, quizás? ¿Desconsuelo, tal vez?
-  Verás, poco después de que mi hijo cumpliese dieciséis años mi mujer falleció y… bueno, fue el golpe más duro de mi vida. Caí en depresión y comencé a descuidar a mi hijo. Me encerré en mí mismo hasta que mis suegros lograron convencerme para acudir a un especialista. Yo no tenía más familia que mi mujer y mi hijo y decidí ir a un psiquiatra con el fin de tratarme y poder cuidar de mi él… - su voz comenzó a temblar, pero tras una breve pausa, logró continuar – Lo hice por él, él me daba fuerzas, sin embargo, fui más débil de lo que esperaba. Me recetaron unos antidepresivos y me volví dependiente de ellos. Aumentaba mi dosis diaria. Me sentía flotar. A veces creía ver a mi mujer de nuevo. Era una sensación maravillosa. Los tres juntos otra vez. Pero los especialistas se dieron cuenta de mi adicción y el tratamiento cesó bruscamente. Sólo me daban pequeñas dosis, así que comencé a buscar por mi cuenta, hice chanchullos, conseguía más antidepresivos sin importar cuánto me costaran. Volví a desatender a mi hijo, que sufrió mucho. Gracias a Dios que mis suegros se hacían cargo de él. Dos años más tarde cumplió dieciocho años y se fue de casa. Me dijo que… no quería volver a verme. Y fue entonces cuando comprendí que había tocado fondo. Lo había perdido todo por estúpido. Absolutamente todo. Intenté dar con él, pero fue en vano. La depresión se acrecentó. Me despidieron y el dinero se iba agotando, así que vendí la casa y me gasté lo poco que me quedaba en alcohol. Me arruiné y terminé en la calle. Me pasaba los días bebiendo en las calles hasta que un día volví a verle. Me miró con odio y se alejó sin decir nada y supe que también le había perdido… Desde ese día  no he vuelto a beber ni a tomar ni una sola pastilla. Hay gente que me ha estado ayudando a rehabilitarme. Y, ahora, este soy yo. Solo necesito su perdón, y el mío.
- Vaya… Lo… Lo siento mucho.
- Tranquilo, muchacho. Llevo muchos años sano. De vez en cuando tengo visitas y una buena conversación. Tengo comida para sobrevivir y no necesito más. Después de duros golpes te olvidas de las cosas superficiales, como una casa. Tras años en la calle he podido observar a la gente, su comportamiento, discusiones y momentos felices… Y soy feliz viendo la felicidad de otras personas día a día. Y soy feliz sabiendo que aún existen almas puras que te miran a los ojos sin temor ni compasión. Además, la mejor compañía es mi violín, que cada vez que acaricio sus cuerdas me relata historias que acompañan a los transeúntes y cada nota revela sus vidas…
- Entiendo…

Cada palabra era expresada con tanta pasión que me hacía estremecer. Jamás hubiese pensado algo así. Cómo un hombre podía acabar de ese modo… Por un error… Por una mala decisión… Y sin ninguna maldad.

De ese modo, Julián, que así se llamaba, permaneció con nosotros mucho tiempo. Ha sido, sin duda, la persona más auténtica que he conocido. Me inspiró de tal forma que comencé a escribir y a publicar mis escritos en el periódico. Comencé a conocerle mejor y cada vez me sentía más vivo y más humano. Aprendí a mirarle como a uno más, sin lástima porque, en realidad, no tenía cabida. Es más, sentí lástima por mí, que había estado ciego. 

Él era un buen hombre, sencillo, apasionado, culto, sensible… Los días de lluvia tocaba su violín con más intensidad para alegrar ese día gris a la gente. Me percaté de que solo algunos le miraban y muy pocos se acercaban a escuchar. Por eso decidí contar su historia y publicarla, con su aprobación. Me llevó largas noches en vela. Cada domingo publicaba una pequeña parte de sus memorias y anécdotas. Era un hombre interesantísimo. Y pareció gustar a los lectores porque comenzaron a llegarme infinidad de cartas y correos pidiéndome más y más. Ese hombre había engendrado en mí la pasión por la vida y, por eso, necesité algo más. Investigué, tiré de contactos y, tras unos meses, encontré a su hijo. Todo este proceso lo llevé en secreto. Incluso mentí para que el joven accediera a dedicarme unos minutos. Fue un trabajo duro, pero finalmente, se volvieron a encontrar… Joel no quería saber nada de su padre y utilizó unas palabras un tanto desagradables, sobre todo hacía mí. Pero no desistí. Y conseguí que mantuviesen una conversación de unas horas. Poco a poco el afecto y la añoranza se fueron apoderando de Joel, quien volvió de vez en cuando a visitar a su padre. Es cuestión de tiempo que consiga perdonarle del todo, pero ambos perseveran.

Gracias a ellos soy un hombre nuevo. Como he dicho antes, más humano. He aprendido a escuchar y a saber que las apariencias engañan. A entender que, incluso el hombre más desgraciado alberga una ilusión cargada de recuerdos. Que solo necesita una segunda oportunidad para enmendar el error que cometió. A comprender que cualquier persona podría caer en ese abismo, en las garras de las circunstancias, por una sola decisión. Que mañana puedo ser yo, o puedes ser tú. Que a veces necesitamos ayuda. Una mano que nos levante y nos haga ver por nosotros mismos nuestra valía. Y que también es necesario cambiar de rol y meditar los aprendizajes de vida. Porque vale la pena vivirla. En cualquier circunstancia.

Alguien escribió:

"A veces es fácil sentir que eres 
el único del mundo que está luchando, 
que está frustrado, o insatisfecho, 
o quedándose atrás. 

Pero ese sentimiento es mentira. 
Y si aguantas, si encuentras el coraje para 
enfrentarte a todo otro día más 
algo o alguien te encontrará 
y hará que las cosas mejoren. 

Porque todos necesitamos 
un poco de ayuda a veces. 
Alguien que nos ayude 
a escuchar la música del mundo. 
Para recordarnos 
que no siempre será así. 

Que alguien está ahí fuera. 
Y que ese alguien te encontrará".

Y he de decir que ese mendigo me ayudó a escuchar la música de la vida. Que me salvó de mi mismo. Que me enseñó a vivir plenamente.

Alguien escribió: "A veces el dolor se convierte en una parte tan grande de tu vida, que esperas que siempre esté ahí porque ya no recuerdas la última vez que no estuvo en tu vida. Pero entonces, un día, siente algo más, algo que parece malo, probablemente porque es algo desconocido. Y en ese momento, te das cuenta, de que eres Feliz. La felicidad nos llega de muchas formas, en la compañía de buenos amigos, en lo que sentimos cuando hacemos realidad el sueño de otra persona, en la promesa de una esperanza renovada. Es bueno que nos permitamos ser felices… Porque nunca se sabe lo fugaz que puede ser la felicidad"

Henry James escribió: “No tengas miedo de la vida. Cree que vale la pena vivirla, y tu creencia en ello ayudará a crear el hecho”.

3 comentarios:

  1. Cambia los colores y el formato. No se ve muy bien todo. Por otro lado es un blog perfecto y lo que escribes muy bueno

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  2. Me encantó el relato, toda una lección de humildad, de sabiduría y sobre todo de vida. A veces nos cegamos con el brillo dorado del éxito o nos engañamos culpando a los demás de nuestros fracasos creyendo nuestras propias mentiras. He aquí un hombre honrado consigo mismo y con quien quiso escucharle. Fantástico trabajo.

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  3. Vaya me quedo por aquí sin duda. Muy bueno.
    Me gusta el sentido que a tomado el relato, uno cree tenerlo todo y el otro le enseña que no tiene nada, una forma muy irónica de enseñar que el dinero y el estatus no sirven mas que para el publico.
    :)

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